Yo sé que si estás deprimido por tu situación económica, laboral o emocional, lo que menos quieres es buscar a una persona que te guste y arriesgarte a que te bateen y te regresen a tu depresión. Pero déjame contarte mi historia y sabrás que no importa si te rechazan una o mil veces, estar enamorado o, por lo menos, tener esa sensación será una mano amiga que podría sacarte de la oscuridad en la que te encuentras.

Mi empleo no me llenaba, el dinero se me escurría de las manos como agua y las ganas de salir con los amigos habían desaparecido, es como si quisiera estar dormido todo el día y no despertar más que para comer o ir al baño, lo necesario para sobrevivir. Así pasaron algunas semanas, no encontraba cómo salir del bache, hasta que un día yo mismo me harté de mi actitud, eso no era vida.

Una mañana me di un baño, me quedé remojando para que las malas vibras se fueran por la coladera junto con el agua, después de rasurarme me enfundé en uno de mis mejores jeans, me puse mi playera favorita, unos lentes de sol que creía me quedaban espectacular y mi siempre fieles tenis concha. Así partí con rumbo al centro de la Ciudad de México, para que mi piel volviera a sentir el calor del sol. Después de pasar entre cientos de personas, de caminar pocos kilómetros entre aquellos edificios viejos, la encontré a ella.

Tenía el cabello largo y ondulado, tan negro como mi alma hasta hace apenas unas horas; era delgada, de largas piernas y ajustados pantalones rojos que se movían al ritmo de sus caderas, contoneándose de un lado a otro como si de fondo estuviera la sinfonía más hermosa del mundo. Tuve que levantar la mirada para no parecer un pervertido y fue ahí cuando quedé hipnotizado por sus ojos, eran cafés claro, muy cerca de ser miel, ahí supe que había quedado atrapado en las redes de un poema, como diría la canción.

¿Me acerco o no me acerco? He ahí el dilema. La vergüenza y ser alguien que se convirtió en una persona antisocial, me impedían hacerme del valor suficiente como para dedicarle un simple hola. La seguí por algunos minutos, estructurando frases y creyendo que alguna de esas harían que quedara perdidamente enamorada de mí. A pesar de que aún no daba el primer paso, mi cuerpo y mente se sentían diferentes, animados, nerviosos, con ganas de experimentar. No sólo era el miedo a que me rechazara, esto se opacaba con la esperanza de una nueva aventura, de una nueva experiencia.

Por fin me armé de valor, dispuesto a sacar de mi ronco pecho la frase con la que se enamoraría de mí, y al estar a su lado, caminando a su ritmo, le dije: “Hola… (silencio incómodo)… ¿me das tu hora?”. ¡Bravo! Tanta creatividad se fue por la borda. Tenía que usar el Plan B, así que después de que me dijo la hora exacta, contraataqué: ”Creo que es hora de que te invite a comer”. ¡Pum! Mi Mauricio Garcés interior se ponía de pie para aplaudirme. Ella sólo sonrió y me contestó que tenía cosas que hacer (mi corazón latía tan rápido que creí que todo mundo podía escucharlo o que explotaría y tendría que descartar algún soplo con un ecocardiograma). Dispuesto a emprender la retirada tras mi respectiva disculpa por haberme hecho el gracioso y tratar de conquistarla, me interrumpió: “Aunque el próximo fin de semana estoy libre… puedo dame tu número y nos ponemos de acuerdo”. Se lo dicté, lo ingresó en su celular y nos despedimos, con la incertidumbre si llamaría, pues mi inteligencia no me dio para pedirle su número. Otra vez… ¡bravo!

No sé qué vaya a pasar, no me ha llamado desde que inicié a escribir, pero el volver a sentir algo parecido a enamoramiento, aunque sea a primera vista, me hizo salir de la depresión, me hizo volver a sentirme vivo. Así que el chiste es salir y aventurarse a lo desconocido, uno nunca sabe a quién te encontrarás.